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FRACTURAS AURICULARES
El artículo de Águeda sobre los diversos tipos de golpes, me trajo a la memoria un episodio traumático relacionado con un supermercado, un bote de comida para gatos y… mi oreja derecha.
Sí, señores, mi oreja derecha.
No ser muy alta, poco más de metro y medio (muy poco más), tiene a veces algunas desventajas. Bueno, tiene muchas, pero ese es otro tema y no quiero deprimirme. Vamos a los hechos; el día de autos, me dirigía a mi trabajo acompañada de mi amiga Pepy, cuando recordé que mi gata me miró mucho los michelines al salir de casa como insinuando que si no le traía su comida, ella se buscaría la vida. Al fin y al cabo, no sería la primera mascota que se come a su dueño (¡¡es cierto!! ¿¿Es que no veis las noticias, o qué?? Así va el país…).
Ni corta ni perezosa (bueno, corta sí, como ya mencioné antes, pero perezosa no) entré en el primer supermercado que encontré. Me dirigí rauda y veloz a la zona de comida para animales y ahí empezó mi pesadilla.
No sé por qué extraña razón, los que organizan donde se pone cada cosa en los supermercados, piensan que los dueños de mascotas (gatos, en este caso) son todos altos. Digo yo que ese será el motivo por el cual siempre colocan los botes de comida en el estante superior y, no conformes con eso, los colocan en altura de tres. El caso es que yo solo le llegaba al primero de los tres. Lo cogí intentando que los dos que estaban encima de éste, no se cayeran, haciendo tales malabarismos que si me ve el Circo del Sol me ficha seguro.
Pero claro, hasta los más grandes artistas fallan alguna vez al hacer sus equilibrismos, y yo elegí ese momento para fallar.
Resultado: que el último bote se tambaleó hasta caer.
Imaginaos un bote metálico, de ochocientos gramos (lo pesé al llegar a casa) que se os cae de alto en peso con el afilado borde inferior sobre una oreja.
¡¡¡¡¡Qué dolor!!!! ¡¡¡No podéis imaginaros lo que puede doler una oreja!!!
Yo tengo la costumbre de toda la vida, que cuando llevo un golpe de los de verdad, de los que duelen una jartá, aguanto la respiración.
Mi amiga Pepy, que no se había dado cuenta de la gravedad de la situación y no paraba de hablar sola( porque yo ya ni la oía), me mira de repente y me dice: “¿Qué te pasa? Estás muy roja”( “Muy roja”, dice. Estaba al borde de la asfixia, De la cianosis, que dirían en CSI). En ese momento, volví en mi, recuperé el aliento y dije seis palabras que no puedo repetir aquí por una cuestión de censura. Ah! Es que creo que me olvidé de mencionar que cuando llevo un golpe doloroso, lo que más me alivia es decir palabrotas, y cuando mas “otas”, más alivio.
Luego me sentí mejor, la verdad, pero la oreja me hervía. Paramos en un bar a tomar algo y pedí una bolsita con hielo, porque la oreja se me hinchó y se me puso morada. Luego comprobé que se me había roto el cartílago. Estuve meses sin dormir encima de ese lado, porque notaba como que algo me pinchaba y aún ahora, años después, se nota donde fue la fractura.
A todo esto, a mi amiga Pepy se le caían las lágrimas intentando contener la risa cada vez que me miraba la oreja. Acabé por decirle que podía reirse a placer porque la veía sufrir y, al fin y al cabo, una amiga es una amiga (aunque a veces sea un poco cabrona)
Pero he de decir que, a romper algo, mejor una oreja que no una pierna, ¿no?
Pues eso, que podía haber sido peor.
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