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¿A qué mujer no le gustan los zapatos?. Como mujer que soy, me gustan, y mucho. Pero que me gusten no quiere decir que tenga cientos. No. Ni decenas. Tener tener, lo que se dice tener, tengo los justos. Un par marrón y otro negro, para cada temporada. Y unos rojos. ¡Ah! y unas botas, que en invierno hacen mucha falta, por lo de la lluvia, y porque ahora la moda manda poner los pantalones apretados por dentro.
No tengo botines, que parece que se llevan mucho, ni zapatos de fiesta. Y no es que no me gusten, es que no encuentro.
Una de mis tías dice que tengo un gusto extraordinario: me gusta todo. Pero para comprar zapatos no hace falta solo gusto, sino encontrar el par bueno, el mejor.
Cuando voy a una zapatería y pido unos zapatos de cierto color, ciertos adornos, cierta forma, etc. la dependienta, muy amable, todo hay que decirlo, me trae unos 100 pares que cumplen los requisitos. Y claro, haciendo uso de ese gusto extraordinario que definió mi tía, todos me gustan. El problema surge cuando me pongo a probar: el primero me aprieta, el segundo me abre, el tercero me cae, el cuarto es imposible (no es para un pie humano), y así hasta llegar al par 99. Con el 100 ya no me atrevo. En esa hora y media probando zapatos, me dio tiempo a llorar de disgusto y que me apareciera una herida encima del labio por sonarme tanto los mocos.
Y no hablemos de los zapatos de tacón alto. Si, esos de vértigo, o dicho de otra forma, esos andamios de los que si te caes, lo mínimo que puede pasarte es que te rompas una pierna. Esos no están diseñados por personas que usen tacones altos. Si los diseñase una mujer que también los usase, se podría andar sobre ellos. ¿Qué es eso de subirte a unos zapatos en los cuales los pies resbalan de tal forma que los dedos acaban estrujados en la punta? ¿No saben que tenemos talones que se pueden apoyar en plano, o si me apuras, en semiplano?
Hay zapatos que o fueron diseñados por hombres (que no saben lo que es andar con tacones), o fueron diseñados por mujeres con muy mala leche.
En una ocasión necesité unos zapatos de fiesta y, claro, como siempre se quieren cosas imposibles, se me antojaron de mucho tacón. Entonces me embarqué en una odisea, que duró días, en busca del par ideal: unos zapatos lucidos, brillantes, altos, bonitos, y sobre todo, cómodos. Y ahora es cuando piensan: '¿Cómodos? ¿Unos zapatos de tacón alto ¡cómodos!?'. Y yo les digo: 'Si, cómodos'. Pues eso, que ustedes tenían razón: de cómodos nada; pero ni cómodos, ni brillantes, ni lucidos, ni bonitos, ni nada. Que parece que si son altos no son cómodos, si son lucidos no sientan bien, si son bonitos no son para pies humanos...
En fin, que para presumir hay que sufrir, y al final me fui a la boda con los zapatos planos más incómodos y bonitos que vi en la vida.
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