|
¡Madre mía! Hay que ver por donde se me da ahora.
El verano pasado, cuando comencé mi aventura musical yendo a clase de música (piano, guitarra y solfeo), me compré un micrófono de esos profesionales, con intención de experimentar sonidos con distintos cachivaches en el ordenador. Incluso instalé el "Ubuntu Studio - un sistema operativo con software para edición de sonido y vídeo -" para tener más experiencias nuevas. Pero la cosa se quedó en eso: la intención.
Durante estos meses he conservado el Ubuntu Studio, que lo uso para cualquier cosa menos para experimentar sonidos (aunque al final fui capaz de conectar el teclado electrónico y grabar algún ruido) y el micrófono, que lo uso para hacer vídeoconferencias.
En mis remordimientos provocados por tanto cachivache sonoro-musical repartido por cajones y estanterías, durante la vigilia, han ido surgiendo varias ideas para dar uso a todos los chismes que adquirí con tanto entusiasmo en aquellos meses, pero cada cual más descabellada y rara que la anterior. Hasta que un día, escuchando una conversación de mis padres con unos vecinos en la que decían que para alegrar las barbacoas festivas necesitaban un karaoke, porque el abuelo, ya viejo, no quería tocar la guitarra, lo vi claro: "UN KARAOKE". Ahí comenzó un segundo o tercer "todo" para mi: montaría un karaoke en el ordenador y usaría el micrófono para cantar las canciones de mis grupos preferidos...
Entonces lo monté, conseguí alguna canción para Karaoke, y canté. Pero me faltaba algo: amigos. Convencí a una amiga para que cantase conmigo y busqué sus canciones preferidas. Cuando ella probó el Karaoke, la primera vez me ganó por goleada en puntuaciones, y eso que yo ya llevaba varias sesiones de entreno. Entonces me di cuenta de que me sobraba algo: amigos. Y volví a cantar sola.
La familia que peor me quiere me anima mucho para que siga jugando con el dichoso jueguecito de micrófono y altavoces, pero los que me quieren mejor me dicen con mucho cariño que se me escucha por todas las escaleras del edificio y que parezco un gato estrangulado. Esto puede ser cierto, y no lo digo porque desconfíe del buen criterio de los que bien me quieren, si no porque el jueguecito en cuestión puntúa a los concursantes y les da calificativos y yo casi siempre he obtenido un "mono sordo".
MORALEJA: Aquellos sin habilidades musicales para el entretenimiento de otros deben limitar su buen hacer a escuchar y no estropear. He dicho.
Escribir un comentario
|
Comentarios
¡Qué vida tan dura la mía!
Y mi perro se esconde debajo de los cojines ...
Suscripción de noticias RSS para comentarios de esta entrada.