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Aracnofobia (Noooo, la peli noooo. ¿Es que no veis que no se escribe igual?)
Sí, lo confieso, soy aracnofóbica.
Ya sabéis: nadie es perfecto, pues yo tampoco.
Pero no aracnofóbica de andar por casa, no; Aracnofóbica de verdad.
Recuerdo aquella noche como si fuera hoy.
Me iba para cama tan tranquila y se me ocurrió llevar unas cosas a la habitación que no se usa. Entonces la vi. Allí estaba, agarrada cual garrapata, al volante del edredón.
Se me vino el mundo encima. Era la araña más gorda que había visto en mi vida. ¡¡Qué digo araña!!, ¡¡Era un centollo!!.
Era la una y media de la mañana de un día entre semana así que empecé a hacer recuento de a quien llamar para que viniera a salvarme la vida. Acabé descartando a todos los conocidos porque se iban a acordar de mis muertos más frescos por llamarlos a esas horas por un bicho de nada. Luego pensé en llamar a Protección Civil. Sí, podéis reiros pero os aseguro que lo pensé muy en serio. Yo soy una civil y ellos mis protectores, ¿no?. Haberse llamado de otra manera. Pero acabé descartándolo también. Todos estos descartes me llevaron una media hora, con lo que ya eran las dos de la mañana, mientras yo seguía vigilando a aquel bicho que, afortunadamente, no se movía.
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Al final decidí ir a la cocina y coger un tupper con su respectiva tapa. Armándome de valor, lo acerqué a la araña y la arrastré hacia el suelo con un golpe seco. Luego me quedé mirando para el tupper pensando cual sería el paso a seguir para ponerle la tapa sin que la araña escapase (eran las dos y cuarto). En un alarde de lucidez, cogí un folio y conseguí deslizarlo por debajo del recipiente y de la araña. Otro cuarto de hora, más o menos, necesité para atreverme a levantarlo en el aire y ponerle la tapa a todo correr con el papel atravesado, con lo que la tapa no cerraba.
¿Me iba a detener a mi, una McGyver en potencia, un detallito de nada?. Volví a poner el bote en el suelo y fui a buscar precinto, con el que le di unas cincuenta y siete vueltas (vuelta más o menos) al dichoso cacharro y su terrorífico contenido. A todo esto, eran las tres menos algo. Cogí una bolsa del súper, metí dentro todo el paquete, le di varias vueltas y nudos y, como no era cuestión de salir a la calle a bajarla al contenedor, abrí la puerta del piso y la dejé allí, al lado del felpudo.
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Miré el reloj: las tres de la mañana.
Al día siguiente, cuando sali para ir a trabajar, abrí la puerta con miedo porque os juro que estaba convencida de que aquel bicho asqueroso había usado sus poderes arácnidos para atravesar el papel, el plástico de la fiambrera y las cincuenta y siete vueltas de precinto (vuelta más o menos), para salir y esperarme agazapada al lado de la puerta.
Pero no, seguía donde yo la había dejado. La recogí y no podéis imaginaros el alivio que sentí cuando la eché al contenedor.
Os puedo asegurar que fue una experiencia muy traumática.
Ahora, todas las noches, cuando voy a cerrar la puerta de la terraza, miro para el mismo sitio del edredón donde aquella noche encontré aquel centollo. Algo en mi subconsciente me dice que soy imbécil por pensar que si entra otra araña se va a quedar en el mismo sitio donde su congénere tuvo tan terrible final…pero una es así, y no tiene que hacerle.
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Comentarios
¿Qué os habrán hecho? ¿No tendrán bastante con cuidar de su fila de ojos y sus ocho patas peludas como para enfrentarse a vosotras también?
Me parece comprensible lo de tenerles fobia, al fin y al cabo, bonitos, bonitos, no son, pero ya podíais coger el tarro y tirarlas fuera en algún lado, ¿no? Hubo un tiempo en que a mí me vacilaban por hacerlo...
Dentro unos anios vas a llamar ésta experiencia horripilante una AVENTURA
-¿Tienes alguna fobia?
-Si.
-¿A qué?
-Pues no lo sé, pero a algo.
Eso se lo hacía a los ratones. Pero lo que tengo con las arañas se sale de la comprensión humana
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