El día que decidí ponerme manos a las teclas, le pregunté a mi amiga si conocía a alguien del pueblo que diese clase de música, y me dijo que sí.
Entonces me dió su número de teléfono y le llamé. Pacté día, hora, lugar y precio. Y el día pactado, allá me fui. Me pasé de largo como unas 20 casas, pero una señora en bata de casa que estaba tendiendo la ropa en unas cuerdas, a la puerta, muy amablemente me indicó a dónde tenía que ir, porque a mi profesor de música lo conocían todos.
Encontré la casa y llamé a la puerta. Me abrió la puerta un señor 'mayor'. Y tan mayor. Me presenté y me indicó que entrase. Dentro había dos jóvenes que aprendían a tocar la guitarra.
Era el momento de las presentaciones:
-Me llamo Águeda. Soy de Boiro. Quiero aprender a tocar el piano.
-Soy Gerardo. Mira, hay que aprender solfeo. Verás, el nombre ya se lo pusieron: sol-feo, y feo es, pero hay que aprenderllo.
He de confesarlo: en ese momento me conquistó.
Quisiera explicarles como son sus enseñanzas. Verán: mi profesor de su puño y letra me da unas partituras, sencillas, con pocas notas, en las que usa como un código de color y numeración que indican donde se deben poner los dedos. Esto es así a la hora de aprender a tocar el piano. Las clases del feo solfeo son más convencionales. El caso es que después de la segunda clase ya he aprendido a tocar a dos manos el 'Himno de la Alegría', 'Cumpleaños Feliz' y 'Jingle Bells'.
Es ahora buen momento para desvelarles un dato que he mantenido en secreto: mi profesor es 'tan mayor' porque tiene 80 años.
Ya sé que tengo que entrenar más, porque a veces me pierdo y a veces me paro, pero ya la cosa se parece a lo que debe sonar. Si en la segunda clase he conseguido todo esto, cuando llegue a la quinta, tocaré perfectamente la 'Ópera bufa'.
En mis clases de solfeo-piano tengo muchos compañeros, adolescentes sobre todo. He de confesar que me he impresionado con una niña con la que he coincidido en mi segundo día. Esta niña tocaba la guitarra y el piano, y yo, en mi frustración de dedos desobedientes, escuchaba lo que sonaba. Tenía compás y era contínuo. Entonces me dí la vuelta y me quedé un rato mirando con cara de admiración. Entonces Gerardo me preguntó si me pasaba algo y yo le confesé que estaba maravillada y le pregunté si la niña llevaba mucho tiempo viniendo. La respuesta fue:
-Si, lleva tiempo viniendo, 6 meses más o menos.
De lo que la niña discrepó alegando que llevaba 4 meses y no 6, y por encima hacía un mes que no iba porque había ido de vacaciones...
Total, que me llenó de orgullo y satisfacción pensar que en tan poco tiempo podría llegar a tocar algo que mis amigos reconociesen como melodía. Y pensar que gracias a un señor de 80 años, por fin mi teclado de los 80 se desprendió de la tremenda capa de polvo que tenía acumulada...
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